miércoles, 6 de enero de 2016

UNA NOCHE DIFERENTE

Como cualquier sábado por la noche salí con mi grupo de amigas a tomar una copa, lo que no imaginaba es que esa noche iba a ser diferente.

Hacía algún tiempo que les había contado que estaba chateando con un compañero de trabajo, que en ese momento vivía en Madrid y que también tenía diversidad funcional. Por supuesto, su primera pregunta fue que si el chico me gustaba. Con una gran sonrisa respondí que sí. Ellas dijeron que un fin de semana que viniese podríamos quedar con él y sus amigos y a mí, aunque sabía que me iba a morir de vergüenza, me pareció buena idea.
Lo que no me imaginaba era que una hora después iba estar allí. Y pasó lo que imaginaba, no sabía qué hacer, qué decir y era incapaz de seguir una conversación. Pero no podía desaprovechar la oportunidad de decirle lo que sentía: no iba a perder la oportunidad de nuevo. Así que sentada en la barra del bar, con mi blusa rosa de encaje y una mirada pícara, no hicieron falta palabras: él se acercó a mí. Al principio, un simple “cómo va todo”, pero después de unas cuantas copas todo cambió: “¡qué sonrisa más bonita tienes!, nunca te lo había dicho”. Después de esas palabras, él intenta meter su mano por debajo de mi blusa mientras ambos intentábamos unir nuestras bocas para darnos un largo beso. Al ver que solos no podíamos pedimos ayuda a una de mis amigas. Ella metió su mano por debajo de mi blusa y echó nuestras cabezas hacía delante; por fin, nos pudimos dar ese largo beso que tanto deseábamos; mientras tanto él tocaba por debajo de mi blusa y a mí me entraban escalofríos por el cuerpo, e incluso nuestros reposacabezas desaparecieron para poder besar y soplar nuestros cuellos, ya que es una de las zonas donde más sensibilidad tenemos ambos.

Esta es una historia inventada, pero podría ser real, aunque todavía nos queda mucho camino por recorrer en este tema.

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